Gracias por todo, mamá. Hasta que nos volvamos a encontrar.
Pero hoy, por esta noche, déjame llorar. Déjame ser débil. Déjame escribirte esta carta que nunca vas a leer, porque necesito que sepas que te llevo conmigo a todos lados. Que no hay un solo día en que no piense en ti. Que el amor que me diste no cabe en ningún ataúd ni en ninguna lápida. Que vive en mí, y que mientras yo viva, vivirás tú.
Tu hijo/a que nunca deja de extrañarte.
Lo que más me duele, mamá, es pensar en todo lo que no te pude decir. Las veces que fui impaciente, las veces que no te llamé, las veces que preferí estar con mis amigos antes que contigo. Y ahora daría cualquier cosa por una de esas tardes aburridas a tu lado, viendo la tele, sin hacer nada importante.